Benedicto XVI celebró la misa el sábado 13 de septiembre en la Explanada de los Inválidos, en París, ante unas 250.000 personas venidas de toda Francia y del norte de Europa.

Frente a los nuevos ídolos

Como era esperable en este Año Paulino, el Papa se refirió en varias ocasiones a las cartas de San Pablo y a los escritos de San Juan Crisóstomo, cuya conmemoración litúrgica se celebra precisamente el 13 de septiembre. El punto de partida de la homilía no fue otro que la llamada de San Pablo a los cristianos de Corinto: “¡No tengáis que ver con la idolatría!”.

El Papa aludió al contexto cultural de la ciudad de Corinto, en la que el influjo del paganismo y de las mitologías politeístas se hacía sentir en la naciente comunidad cristiana. “Este llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy. ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás sin saberlo, a los paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios?”.

El Santo Padre volvió a subrayar, como viene haciendo a lo largo de su pontificado, que “la razón nunca está en contradicción real con la fe” y que “Dios nunca pide al hombre que sacrifique su razón”. Pero la razón también puede fabricar ídolos que confunden y engañan al hombre y Benedicto XVI no dejó de mencionar algunos ejemplos: “El dinero, el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin, de su propia verdad?”.

Eucaristía y vida cristiana

Junto a la razón, el Papa se detuvo en la respuesta que la fe cristiana ofrece sobre lo más íntimo del hombre. A partir de los Salmos, de las cartas de San Pablo y de las Confesiones de San Agustín, el Papa desarrolló una catequesis sobre el misterio de la Eucaristía: “celebrar la Eucaristía significa reconocer que sólo Dios puede darnos la felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinarán”.

Con el marco de la propia celebración litúrgica en la famosa explanada parisina, el Santo Padre incidió en la importancia de participar frecuentemente en el sacrificio eucarístico y en la comunión; subrayó el particular relieve de todo lo relacionado con el respeto y la honra al Santísimo Sacramento. Y extrajo algunas consecuencias de la confrontación entre la Eucaristía y los nuevos ídolos: “por sí misma, la Misa nos invita también a huir de los ídolos, porque, como reitera San Pablo, ‘no podéis participar en dos mesas, la del Señor y la de los malos espíritus’ (1 Co 10,21)”.

Entre otros aspectos, el Santo Padre se fijó en dos realidades vinculadas inequívocamente al misterio eucarístico: el ministerio sacerdotal y la caridad cristiana. En este sentido, evocó con vehemencia una de las expresiones más características de Juan Pablo II, su predecesor en la sede de Pedro: “¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo”.

En segundo lugar se refirió el Papa a la dimensión del actuar cristiano y lo hizo de la mano, una vez más, de San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia muy querido y citado por Benedicto XVI: “cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez más San Juan Crisóstomo: “Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad?”. El Santo Padre concluyó su homilía con una llamada esperanzada a edificar la Iglesia en la tierra sobre la base de la proximidad de Dios con los hombres.

Los puntos sensibles de la Iglesia en Francia

El discurso de Benedicto XVI a la Conferencia Episcopal, reunida en Lourdes, fue un resumen de los puntos importantes que afronta la Iglesia en Francia.

Destacó la importancia de la catequesis que “no es tanto una cuestión de método, sino de contenido”, “una comprensión orgánica del conjunto de la revelación cristiana”.

Les animó a promover las vocaciones sacerdotales y religiosas, pues “el sacerdocio es esencial para la Iglesia, por el bien del mismo laicado”. Recordó que los sacerdotes “no pueden delegar sus funciones a los fieles en lo que se refiere a las misiones que les son propias”, un punto sensible en un país que sufre escasez de sacerdotes.

Les invitó a facilitar que se sientan integrados en la Iglesia los que quieren seguir utilizando el Misal anterior al de la reforma litúrgica postconciliar. Este ha sido un problema particularmente importante en Francia, donde los tradicionalistas son más numerosos. Benedicto XVI dio libertad en 2007 para que los sacerdotes utilizaran ese misal con las condiciones establecidas en el Motu proprio Summorum Pontificum. “Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones –dijo el Papa– y espero el necesario apaciguamiento de los espíritus que, gracias a Dios, se está produciendo”. Les invitó a esforzarse por ser servidores de la unidad: “Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella como en su casa, y nunca rechazados”.

Hizo una fuerte defensa de la familia, basada en el matrimonio como unión estable entre un hombre y una mujer, frente a las leyes que “buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad”. Habló de la necesidad de “acompañar a los hogares en dificultades”, y de tratar con afecto a los divorciados vueltos a casar, pero señaló que “no se pueden aceptar” las iniciativas que tienden a bendecir las uniones que contradicen la indisolubilidad del matrimonio.

Les animó a salvaguardar los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad francesa, manteniendo sus raíces cristianas, y con una sana colaboración con el Estado. La Iglesia, dijo, “no quiere sustituir al Estado. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos, y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común”.

Alentó las iniciativas del diálogo ecuménico e interreligioso, pero advirtió que “no basta la buena voluntad”. Hay que discernir entre “las que favorecen el conocimiento y el respeto recíproco”, y “evitar las que llevan a callejones sin salida”. “Creo que es bueno –dijo– comenzar por escuchar, pasar después a la discusión teológica, para llegar finalmente al testimonio y al anuncio de la misma fe”.

Por último, evocando la liberación de Francia tras la última guerra, señaló que “lo que conviene ahora es lograr una auténtica liberación espiritual. El hombre necesita siempre verse libre de sus temores y sus pecados. El hombre debe aprender o reaprender constantemente que Dios no es su enemigo, sino su creador lleno de bondad.”

El modelo de la Virgen

En la homilía de la misa que celebró el domingo 14 de septiembre en el santuario de Lourdes, Benedicto XVI subrayó la relación del mensaje de las apariciones a santa Bernadette con la fiesta del día, la Exaltación de la Santa Cruz. La Virgen, dijo el Papa, comenzó sus revelaciones con la señal de la cruz, que es “fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz”. “La señal de la cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que en el mundo hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados”.

Las apariciones en Lourdes corroboran el amor de Dios manifestado en la cruz y ofrecen “una senda de fe y conversión”. Esa es, a la vez, “camino de la verdadera libertad”, pues “volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo; encuentra su vocación original de persona creada a imagen y semejanza de Dios”.

El Papa señaló también que las apariciones de la Virgen han hecho de Lourdes un lugar de oración. Así, “María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante, debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo”.

Al final de la homilía, Benedicto XVI se dirigió a los jóvenes, invitándoles a imitar la disponibilidad de la Virgen María al conocer su vocación. “No tengáis miedo de decir sí a las llamadas del Señor, cuando Él os invite a seguirlo. Responded generosamente al Señor. Solo Él puede colmar los anhelos más profundos de vuestro corazón. (…) Que María ayude a los llamados al matrimonio a descubrir la belleza de un amor auténtico y profundo, vivido como don recíproco y fiel. A aquellos, entre vosotros, que Él llama a seguirlo en la vocación sacerdotal o religiosa, quisiera decirles la felicidad que existe en entregar la vida al servicio de Dios y de los hombres. Que las familias y las comunidades cristianas sean lugares donde puedan nacer y crecer sólidas vocaciones al servicio de la Iglesia y del mundo”.